Los circos de mi barrio

lunes, 3 de agosto de 2009

LOS CIRCOS DE MI BARRIO

Fernando Ríos Correa

Diario Correo de Piura, 19 de julio de 2009

Seré franco: después de 17 años de vida, debo confesar que nunca pisé un circo, de ésos, “de a 15 lucas”, asientos de combi y carpa multicolor. Tampoco pude ir a ver a Édgar Vivar al “Fuentes Gasca” en San José. Mis infantiles llamadas nunca dieron resultado, nadie en ésa cabina de radio intuyó que el ring ring incesante, era la desesperación traducida de un niño, pugnando por su entrada de circo. Pero ésta no es una historia triste, no, es el relato de un montón de churres persiguiendo un destartalado camión, lleno de costales viejos, esperanzas, guayaquiles, ilusiones, enanos y sonrisas.

Mi infancia estuvo cargada de aventuras y adrenalina. Luego de mis clases sanmiguelinas, no había mejor forma de pasar la tarde que escapar con mi bicicleta roja a perseguir el sol que se perdía por los montes; al bordear el ocaso, y sobre la arena tibia, construíamos colosales castillos al pie de mi inmenso guabo; ya por la noche, rematábamos nuestra pueril vitalidad jugando un fulbito en medio de lo que, se suponía, era la avenida. Sin embargo, las cosas se ponían aún más interesantes cuando corría la noticia por la cuadra. El circo había llegado.

Automáticamente, nuestros reducidos horarios de vida se distorsionaban, tratando de darle un espacio a la nueva actividad del mes: la puesta en marcha del circo, y nuestro aporte no se limitaba a la masiva asistencia nocturna al espectáculo, no señores, nuestro propio programa circense comenzaba con el levantamiento de la –a nuestros infinitos 8 años- imponente carpa. Con la ayuda de un famélico mono, de un contorsionista –el que alguna vez fue un domador de dantescas fieras, las cuales se marcharon una noche por “incumplimiento de contrato”-, de un mago-payaso-animador-dueño y de tres tristes trapecistas, erigíamos nuestra obra maestra: un armatoste monocromático que a modo estéreo nos gritaba: “Harina Inca. Producto Peruano”, nuestro circo de barrio tenía mil remiendos, pero eso nunca nos importó.

La segunda parte consistía en tratar de adivinar quién era el barbón que iba y venía por doquier, “Cautivito Lindo, ese es el mago”, y apreciar los exóticos animales –insisto, sólo vi al mono y a un gallinazo, el que para administración se trataba de un cóndor bebé-, mientras esperábamos que partiesen las mototaxis llenas de payasos anunciando la buena nueva. La inmensa sonrisa de mi primo corriendo delante de mí, tras el colorido trimóvil, aún no se borra de mi mente.

Finalmente llegaba la noche. El primer pito sonaba y tu viejita gritaba: las tareas, tu ropa, la hora a la que llegaste, no tendrías posibilidades de salir. Segundo pito, apenas sí habías terminado la primera caligrafía y ella, tan paciente y comprensiva, desistía interiormente de seguir con el castigo. Escuchaba el techno, la animación, veía a tus amigos correr al pampón y te imaginaba a ti sonriendo con ellos. Tercer pito, “anda hijo, no te hagas tarde”.

Nunca supe de donde vinieron, mucho menos a donde iban, una triste tarde los veíamos partir sin un aviso previo. Nuestras almas retornaban a la arena, los castillos, el fulbito y las carreras de llanta, esperando la llegada de un nuevo camión con nuevos payasos, monos, gallinazos y sonrisas.

Éste, trata de ser un homenaje para los circos de mi infancia: El Cóndor y el Viera Cruz. También intenta ser una radiografía del alma de los niños que, como yo, tuvieron la dicha de pagar una quina o simplemente colarse, para recrear y engrandecer su imaginación, tras las grandiosas telas de un simpático circo. Además, es la oportunidad perfecta para pedir las disculpas pertinentes a los dueños de todos los gatos que en mi infancia desaparecieron, en aras de satisfacer el hambre del que una vez fue un león, y el bolsillo del que una vez fue un churre.

Hasta otra niñez, hasta otro circo.

1 comentarios:

Richard Chavez dijo...

Recuerdo haber asistido a varios circos de barrio, cuando ýo vivía en La Arena. Y a pesar de que andabamos por los 16 años, todos los patas nos alegrábamos porque le daba vida a ese pequeño territorio bajopiurano. Siempre el circo trasmitirá alegrías, esas ganas por ver payasos, animales amaestrados, por ver las bancas, las carpas multicolores, etc.
Saludos desde Piura, oiga caballero!.

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